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Según el diccionario de la Real Academia española, un quijote es un hombre que antepone sus ideales a su conveniencia y obra desinteresada y comprometidamente en defensa de causas que considera justas, sin conseguirlo. Siempre creí que uno de los mayores defectos de nuestra sociedad y, en general, de la humanidad, es la poca fuerza de la que disponen los individuos para luchar por aquello que realmente importa. La insultante falta de capacidad de sacrificarse, de ambición, de ilusión por los sueños (y también de sueños por la ilusión) da para parodiar no sólo al idealismo de los “locos”, sino (y en mayor cantidad) al conformismo de los “cuerdos”. Al final todos sentimos aquella inercia inevitable hacia un camino fácil, ya dictado, ya inventado… y, en definitiva, ya pisado. No hablo sólo del inconformismo (o, en su defecto, conformismo) de contemplar los mismos paisajes que otros han visto, o de tropezar, casi siempre, repetidamente, con las mismas piedras. Hablo de los ideales humanos, de las expectativas personales, de la capacidad de ir más allá y atreverse a dudar de una felicidad que nos regalan, en bandeja, tan tristemente prefabricada. ¡Sapere aude!- se atrevieron a decir algunos, y yo no haré más que corroborar, que qué más da si deformamos la realidad para aquello que necesitamos que sea, o si la miramos con gafas de imaginación, … pues otros ya habían optado por huir después del primer tropiezo. Hablaría de ambición (una vez más), de idealismos elevados, del entusiasmo perseverante, del no rendirse y seguir luchando… pero caería en los erosionados típicos (y tópicos) que suenan a falsedad, como el de no ganarás sin haber luchado. Todos hemos tenido batallas contra algún molino de viento, y a todos nos han vencido alguna vez… Todos hemos estado rendidos, vencidos, agotados, ¿pero cuántos no perdieron la ilusión? Don Quijote termina por rendir su locura, muriendo perdido por un juicio impuesto por los que lo rodean. Es el relato de una desilusión paulatina, y culparía a la sociedad y a su exagerada “cordura”, que no es más que pura ignorancia y banalidad. Ésta es una tragedia que se esfuerza por arrancarnos sonrisas, es un reír para no llorar. Es rendirse por la humillación, estar cansado de nadar contracorriente. Es una denuncia a la sociedad en general, a sus frívolas intenciones, a su incultura, a su arrogancia… y es que nunca nadie fue tan valiente, y ahora todos sólo se atreven a admirar su perseverancia, desde el margen, evidentemente, mientras aún dudan en su propia batalla. ¿Sinceramente? Sonrío por no llorar.
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