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[Spnb] [Mar. 6th, 2007|06:12 pm]
Paulita tenía tan sólo siete años, y los padres separados.
Ahora vivía con su madre, pero hasta hace dos meses había tenido que soportar largas discusiones, infinidad de malas caras, e incontables suspiros de desesperación en casa.
Cuando el infeliz matrimonio empezaba a chillarse (que solía ser cada tarde), ella corría hasta su habitación y cantaba canciones, tapándose las orejas.
A veces también cerraba los ojos, creyendo que así podría desaparecer.
Normalmente al cabo de un largo rato, y después de cansarse de gritar en vano, la madre venía a darle un beso, y jugar con su melena de ricitos para tranquilizarla y decirle que no pasaba nada. A veces, incluso, tenía los ojos bañados en lágrimas, pero otras lograba fingir indiferencia. Paulita siempre preguntaba que qué pasaba. Que por qué se regañaban y se hablaban mal. La madre, entonces, la acariciaba aún más fuerte, y le decía que papá estaba de mala luna, pero que a la hora de cenar ya se les habría pasado todo.
Paulita sabía que su madre le estaba mintiendo… aunque nunca llegó a entender qué era aquello de estar de mala luna. Entonces, miraba por su gran ventana, buscándola… y, aunque la pudiese ver a lo lejos, la Luna no brillaba.

Paulita pensaba que por las tardes la Luna no brillaba porque las nubes se bebían su luz. Pero… ¿por qué iban a querer, las nubes, beberse la luz de la Luna?
Entonces llegó a la conclusión que quizás cada una bebía un sorbo por una razón diferente.
Las nubes grandes y grises bebían para tener luz en sus rayos en las noches de tormenta. Ella pensaba que estas nubes eran malas… que sólo querían asustar a los niños. Que no servían para nada… y por eso no le gustaban.
También había nubes rosas, y Paulita solía decir que ésas eran de fresa. Las nubes rosas bebían para regalarle aquella luz al sol. Sí… eso era. El sol las dejaba rosas y bonitas, pero ellas, a cambio, debían regalarle sorbos de luz de Luna… para que él brillase siempre más y más… y, sobre todo, para que no pudiera apagarse nunca.
Las nubes pequeñas de algodón bebían para olvidar. Las cumulonimbus para recordar. Las que eran muy grandes, bebían para llover y hacerse pequeñas. Las pequeñas anhelaban hincharse de luz y crecer y crecer y crecer, hasta hacerse grandes.

El caso era que todas las nubes le robaban luz a la Luna lunera… hasta que llegaba la noche, y el padre de Paulita ya no estaba de mala luna, y la Luna del cielo volvía a recuperar su luz, y volvía a brillar y a reinar en el cielo… y todo esto gracias las Estrellas, que le robaban la luz a las nubes, para devolvérsela otra vez a su Luna…


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[Mi Mitad] [Feb. 23rd, 2007|05:37 pm]







Me he enamorado, o algo así.


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[Replica] [Feb. 18th, 2007|03:30 pm]


Todo es una mierda.

Y yo doy asco.





He dicho.

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[Teach me Passion] [Feb. 7th, 2007|02:39 pm]







Creo que no puedo.





No... yo no puedo.


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[Besos a rayas] [Feb. 4th, 2007|08:16 pm]


¿Sabes? A veces me cuesta insultantemente creer que sea el mismo tren el que me trae hasta ti, que el que me arranca de esa felicidad (quesóloexisteatulado).
Me cuesta creer que los mismos vidrios de aquel vagón naranja reflejan mis sonrisas a la ida, y mis ojos bañados de lágrimas a la vuelta.
En realidad, creo que en el primer viaje me cuesta creer que todas aquellas imágenes de sombras azules las llevaré tatuadas en la piel (y en la mirada)… cuando esté de vuelta.
Pero eso quizás sea culpa mía, por ser un poco incrédula, o algo así. ¿Sabes? También solía costarme creer en el Amor… Y ya me ves, ahora, entregándome a ti… (ysiendotodatuya).

Mira, es como si yo fuera una niña con trenzas y soliera jugar en la playa construyendo castillos de arena (aunque nunca hubiera creído en las historias de Princesas). Imagina que yo tuviera un puñado de arena mojada entre mis dedos, quizás para protegerla y para que no se rompa a trozos y desvanezca ante alguien. Pero entonces, en Primavera, el sol de Abril calentó (demasiado) mi arena, que empezó a resbalarme entre los dedos,
d e s c o n t r o l a d a m e n t e . . . (ynoséporquénotuvemiedo).

Y fue cuando me empezó a arder el corazón, y cuando me enamoré de la Eternidad (siescontigo), y de tus manos, que agarran ahora las mías. Y de tu mirada, que refleja mi ilusión. Fue cuando noté lleno de arena el corazón, y la mirada de felicidad. Y que Abril sea infinito mientras dure nuestro Siempre, y que tus manos no se separen de las mías… y que mi corazón se encapriche a esa arena… y que mi mirada siempre se enamore de la felicidad que reflejan tus ojos azules.

Que, si hace falta, yo seguiré sonriendo impaciente a las idas, y llorando las vueltas en ese mismo (maldito) tren naranja, …mientras mi cuerpo aún huele a tus caricias, y tus besos siguen latiendo por mi piel.


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[Yo, conmigo] [Jan. 25th, 2007|04:47 pm]




Ella se ha convertido en grietas de tristeza… en arañazos de nostalgia que no cicatrizan con el tiempo.


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[Quijotadas, estupideces y demás] [Jan. 22nd, 2007|04:20 pm]

Según el diccionario de la Real Academia española, un quijote es un hombre que antepone sus ideales a su conveniencia y obra desinteresada y comprometidamente en defensa de causas que considera justas, sin conseguirlo.
Siempre creí que uno de los mayores defectos de nuestra sociedad y, en general, de la humanidad, es la poca fuerza de la que disponen los individuos para luchar por aquello que realmente importa. La insultante falta de capacidad de sacrificarse, de ambición, de ilusión por los sueños (y también de sueños por la ilusión) da para parodiar no sólo al idealismo de los “locos”, sino (y en mayor cantidad) al conformismo de los “cuerdos”. 
Al final todos sentimos aquella inercia inevitable hacia un camino fácil, ya dictado, ya inventado… y, en definitiva, ya pisado. No hablo sólo del inconformismo (o, en su defecto, conformismo) de contemplar los mismos paisajes que otros han visto, o de tropezar, casi siempre, repetidamente, con las mismas piedras. Hablo de los ideales humanos, de las expectativas personales, de la capacidad de ir más allá y atreverse a dudar de una felicidad que nos regalan, en bandeja, tan tristemente prefabricada. ¡Sapere aude!- se atrevieron a decir algunos, y yo no haré más que corroborar, que qué más da si deformamos la realidad para aquello que necesitamos que sea, o si la miramos con gafas de imaginación, … pues otros ya habían optado por huir después del primer tropiezo.
Hablaría de ambición (una  vez más), de idealismos elevados, del entusiasmo perseverante, del no rendirse y seguir luchando… pero caería en los erosionados típicos (y tópicos) que suenan a falsedad, como el de no ganarás sin haber luchado. Todos hemos tenido batallas contra algún molino de viento, y a todos nos han vencido alguna vez… Todos hemos estado rendidos, vencidos, agotados, ¿pero cuántos no perdieron la ilusión?
Don Quijote termina por rendir su locura, muriendo perdido por un juicio impuesto por los que lo rodean. Es el relato de una desilusión paulatina, y culparía a la sociedad y a su exagerada “cordura”, que no es más que pura ignorancia y banalidad. Ésta es una tragedia que se esfuerza por arrancarnos sonrisas, es un reír para no llorar. Es rendirse por la humillación, estar cansado de nadar contracorriente. Es una denuncia a la sociedad en general, a sus frívolas intenciones, a su incultura, a su arrogancia… y es que nunca nadie fue tan valiente, y ahora todos sólo se atreven a admirar su perseverancia, desde el margen, evidentemente, mientras aún dudan en su propia batalla.
¿Sinceramente? Sonrío por no llorar.


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[La Tristeza de Paula] [Jan. 18th, 2007|08:00 pm]

Cuando conocí a Paula era día gris en una playa de Septiembre. El eco del tiempo latía por su piel, mientras ella paseaba descalza, permitiendo a las olas jugar a limpiar la arena que ensuciaba sus pies, como si también pudieran arrancar a pedazos esa soledad que la delataba desde lejos…
Paula reflejaba en su mirada el horizonte, y tenía los ojos más oscuros que yo había visto jamás. El viento dispersaba su melena negra, mientras ella jugaba con un rizo alrededor del dedo, fingiendo indiferencia; pero le huyó una lágrima cuando hizo el esfuerzo de sonreírme, y yo entonces me sentí culpable y le ofrecí con torpe gesto mi pañuelo azulado, que siempre llevaba encima. Improvisé mi sonrisa y – ahora sí- me devolvió la suya, clavando sus ojos negros en los míos, como si fuera a saber que me haría apartar la mirada.
Paula dejó su rizo, y comenzó a andar apresuradamente hacia el otro lado de la playa, e hizo un gesto con la cabeza indicándome que la siguiera. Yo me permití a mí mismo, en silencio, pisar las marcas de sus pequeños pies, que quedaban en la arena, aunque sólo fuera para robar sus huellas por unos instantes. Se giró, burleta, y me llamó borracho de vanidades cuando confesé olvidar, tan a menudo, que todo era efímero.
Ella andaba tarareando tristeza y miraba alrededor, como si aquel fuera un lugar nuevo, donde nunca había estado. Pronto encontró un lugar que la convenció, y sacó una toalla roja del bolso, ofreciéndome asiento a su lado. Entonces se quedó pensativa, bebiéndose el horizonte con la mirada, y me habló del amor, sin siquiera mirarme a los ojos. Me dijo que a menudo recitaba poemas a la luna, esa que la veía llorar cada noche, y me sollozó lágrimas que nadie nunca supo ver. Fue entonces cuando me confesó estar enamorada del Mar, porque fue quién le arrebató media vida aquel Septiembre de hacía seis largos años. Me susurró que se odiaba a sí misma por ver el rostro de su padre más difuminado cada día que pasaba, y fue cuando me lloró que no hay peor cárcel que el olvido, y yo no supe qué contestarle, tan débil… Que eran mis labios los que ahora perseguían sus palabras mientras yo me desvanecía en aquel anochecer, como si… como si tuviera miedo de ella al irse. Del vacío gris, porque Paula me desnudó uno a uno sus secretos, sin pedir nada a cambio.
Me habló también de su infancia, de cuando navegaba con su padre. De las mañanas de pesca, de aquellos atardeceres que logran detener el tiempo, y de canciones que sólo sabían los dos. Me describió los ojos del marinero, diciéndome que eran del azul del mar… del color que le ahogó. Me habló de sus manos grandes, de las arrugas que delataban experiencia y sabiduría y amor a las olas.
Empezó a llorar, pero se secaba los ojos rápidamente intentando que yo no la viera… en vano. A veces me daba miedo romper aquel silencio que adornaban sus lágrimas, y me quedaba callado, mirándola… Y esos instantes, entonces, me parecieron eternos…
Paula me explicó que su padre estaba cansado de vivir, y que por eso se fue sin despedirse de nadie, queriendo quedarse para siempre en aquel Mar que nunca le había traicionado… el Mediterráneo que inundaba su mirada.

No sé las horas que pude estar con Paula, pero dormimos abrazados en aquella toalla color sangre, y descontamos las estrellas que se apagaron a medida que iba amaneciendo.
Nos despedimos cuando el sol ya brillaba, y me regaló dos besos y aquella mirada tan suya en la que me vi reflejado por última vez.

Ya no he vuelto a saber nada más de Paula, pero sigo guardando el recuerdo de su Septiembre, que olía a otoño pero que en realidad eran ecos de soledad rompiendo lágrimas en cada espejo.
Y quizás fue culpa de la fragilidad de sus palabras, pero es que ahora cada vez que la recuerdo mis ojos se llenan de lágrimas, porque confieso haberme enamorado de la tristeza de mi Paula...



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